¿Para qué pasar entre anaqueles sin aliento,
y cosechar de ellos, algún texto desollado?
¿Si hubo alguna vez un tiempo en que el azufre de las tintas
impregnaba los estantes.
Y recuerdo la tácita creencia de que un libro jamás sería cadáver?
Pero observo con horror cómo se fallecen al ser alumbrados.
Sólo queda ahora, oh suerte divina, la recreación en los cadáveres
de mi triste habitación, en la que cada relectura
devuelve a la vida alguna pre-olvidada “primera edición”,
y cuando se despide al Libro y se saluda al texto.
sábado, 28 de julio de 2007
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